martes, 7 de junio de 2016

AQUEL AÑO EN MADRID (Abril 1975-Marzo 1976) (II)


       



                                                           -II-
                                             Julio-Octubre 1975

A finales de junio solicité permiso al capitán de mi compañía para poder presentarme en mi ciudad a las oposiciones de magisterio. Lo solicité cuando ya me habían incluido en una lista que saldría próximamente para la zona del levante español con el objeto de realizar unas maniobras militares. Allí, delante del capitán, con la gorra en la mano y temblando como una hoja, hice mi solicitud. La respuesta fue una bronca que me dejó zumbando los oídos. Que si por qué no lo solicité antes, que ya era imposible, que primero estaban las maniobras…Pero debió de sentir pena de mí porque, a pesar de la bronca, me concedió el permiso. Lógicamente, suspendí. Sólo había estudiado unas cuantas horas y prácticamente a escondidas.

El verano se presentó con toda su artillería, y nunca mejor dicho. El calor, en los primeros días de julio ya era exasperante, sobre todo cuando nos hacían caminar decenas de kilómetros por los alrededores de Leganés. Solían llevarnos con frecuencia a un lugar llamado Polvoranca, hacia Alcorcón, si no recuerdo mal. Y las marchas nunca eran inferiores a diez kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Menos mal que tras el esfuerzo de la semana llegaban los sábados y los domingos donde nos daban un poco de libertad siempre que no te tocara guardia o retén, algo que a mí me tocaba casi todos los domingos por estar rebajado de guardias entre semana como todos los demás cabos-maestros.

Del Madrid de entonces, una de las cosas que más me sedujo fue la monumentalidad de la Gran Vía. El lujo de sus escaparates, la grandiosidad de sus edificios y el volumen de su tráfico rodado que ya por entonces era endemoniado. Los sábados por la noche, toda la zona hervía de gente con ganas de divertirse. Colas enormes a las puertas de los cines y cafeterías y restaurantes llenos celebrando ya el inminente cambio político que se avecinaba en el país. La calle de La Montera ponía la nota discordante a tanta luminosidad y elegancia. Los clientes deambulaban por ella en busca de prostitutas de tarifas acorde con sus bolsillos. Yo me limitaba a observar pues mi experiencias en esas lides y, sobre todo mi economía, no daban para más.

En agosto me concedieron mi primer mes de permiso que disfruté a tope en mi ciudad.

Ya de vuelta, una tarde-noche de finales de septiembre paseando por Sol, reparé en un kiosco de prensa y me llamó la atención el hecho de que todos los periódicos traían en sus portadas las mismas fotografías. Me acerqué y leí los titulares: “Ajusticiados en Hoya de Manzanares cinco terroristas pertenecientes a ETA y el FRAP”. Se había llevado a cabo la sentencia firmada por un Franco ya enfermo en contra de gran parte de la opinión pública. Ellos fueron los últimos fusilados de un franquismo que llevaba  treinta y siete años dirigiendo el país con mano de hierro. Al parecer, el dictador no quiso irse de este mundo sin llevarse por delante a cinco más de una ya larga lista.
Recuerdo que al leer la noticia, sentí como un mazazo en mi interior. No comprendía, al igual que muchos españoles, cómo se seguía aplicando la pena de muerte en pleno 1975 cuando ningún otro país de Europa la contemplaba en su legislación. Pero así ocurrió, nos quedaba mucho camino por andar para empezar a ser un país europeo en todos los conceptos y pensé que nos iba a costar, en palabras de W. Curchil, sangre, sudor y lágrimas…

A principios de octubre, en una de las guardias de domingo que me tocaba hacer como cabo (a todos los maestros nos nombraban cabo automáticamente sin preguntarnos) me avisaron de que estaba a punto de llegar al cuartel el Teniente Coronel y que estuviera atento para formar la guardia y rendirle honores. Me puse a vigilar la puerta de entrada pero pasó media hora y el tecol no aparecía. Supongo que me relajé porque, cuando más tranquilo estaba, se nos plantó en la entrada del cuartel sorprendiendo a todos. Con su vozarrón de Teniente Coronel enfadado llamó a gritos al Teniente de guardia y lo puso a parir allí mismo, delante de toda la guardia. Cuando el tecol se fue más cabreado que una mona viuda, el Teniente, que era el que más mala leche tenía de todos los tenientes del cuartel, echaba chispas por los ojos. Llamó a gritos al Brigada, lo puso en posición de firmes y, utilizando el mismo lenguaje que había utilizado el tecol con él pero aumentado a la enésima potencia, le lanzó una bronca que quedó para los anales del regimiento hasta la desaparición de éste en los años noventa, vamos que lo dejó como a un trapo después de fregar el suelo de todo el cuartel. Y, claro, el siguiente paso estaba cantado, el Brigada me llamó a mí. Era un hombre ya mayor, de estos que en el ejército llamamos chusqueros que son aquellos mandos que se estancan en un escalafón y no ascienden por falta de preparación cultural. Pues bien, mi Brigada chusquero me ordenó que me cuadrara ante él y una vez en posición de firmes empezó a soltar por su boca sapos y culebras mientras los de la guardia me miraban con gesto serio unos y con cara de cachondeo otros, que de todo había. Entre otras lindezas me dijo tonto, imbécil, subnormal, desgraciado, delincuente, inútil….y, tal vez el calificativo que más me dolió de todos, analfabeto. Y me lo decía un personaje que apenas sabía leer y escribir. Yo ya me veía en el calabozo por una larga temporada Pero no fue así, alguien a última hora se apiadaría de mí porque sólo me cayeron algunas guardias y retenes extras.

   (Continuará)