martes, 10 de mayo de 2016

AQUEL AÑO EN MADRID (Abril 1975-Marzo 1976) ( I )

      


                      -I-
          Abril-Junio 1975

Recuerdo que fue un día gris y frío de enero cuando me incorporé al ejército para comenzar el servicio militar obligatorio. Los tres primeros meses, en mi ciudad, en un campamento de instrucción de reclutas. El resto, según sorteo.
Mi mundo hasta entonces se había desenvuelto entre libros de texto mientras lo iba llenando de sueños de futuro. Mi mayor deseo, terminar magisterio. Una vez conseguido, quedaba aprobar oposiciones al cuerpo de maestros, el último escalón.

Con este pasado tan plano llegué al campamento militar. Allí me raparon el pelo al cero, me vistieron de soldado, me entregaron un fusil y me hicieron desfilar horas y horas junto a otros como yo sin alcanzar nunca a comprender muy bien el objeto de tanto desfile y tanto esfuerzo. Lo único agradable en esos tres meses de instrucción fueron los permisos del fin de semana para ir a dormir a casa. Y digo bien, a dormir, porque los dos días del fin de semana me los pasaba de bar en bar con los colegas por mi ciudad, tratando de olvidar en lo posible mi nueva vida.

Llegó marzo y nos llamaron para hacernos preguntas, entre ellas cual era nuestra profesión si es que teníamos alguna o para qué estábamos capacitados si es lo que estábamos para algo. Alguien me aconsejó mentir al respecto (no pedían ningún tipo de documentación), que no dijera que era maestro, que me inventara cualquier otra profesión. Pero a la hora de la verdad, no me atreví a mentir. Ello supuso que me destinaran para el resto de la mili a Madrid. A los maestros que mintieron no solo no les ocurrió nada por ello, sino que la mayoría se quedaron a terminar la mili en la propia ciudad o como mucho en la provincia. Por entonces, este hecho me fastidió enormemente pero con el tiempo y ya a toro pasado, hasta agradecí el haber sido destinado a la capital del reino ya que de otra forma no hubiera vivido tanto tiempo seguido en ella.

Me destinaron a la Brigada Acorazada Brunete, en Leganés. Allí necesitaban maestros para impartir clases de alfabetización a los soldados que no sabían leer, que por esa época aún eran muchos. Llegué al cuartel el dos de abril de 1975. Era un edificio enorme de paredes sólidas y sobrias con capacidad para al menos ocho compañías de soldados, pero yo no conocía a nadie. Las primeras guardias nocturnas como soldado raso me las pasaba recitando poemas, mis primeros poemas escritos en la adolescencia. Era todo muy surrealista, la poesía y la milicia poco tienen en común, pero a mí me servía para hacer más corto el tiempo de guardia bajo las estrellas como únicas compañeras.

Mi primera salida a Madrid tuvo lugar cuando ya llevaba tres semanas en el cuartel.. Autobús hasta Carabanchel y allí cogía el metro que me llevaba al centro. El metro de Madrid olía a libertad (también a humedad, pero eso era lo de menos). Me sonaba en su traqueteo como aquellos antiguos trenes de carbonilla que te llevaban a ver lugares lejanos y desconocidos. Cada nueva estación era un mundo nuevo para mí aunque todas se parecían. La gente caminaba por los andenes siempre con prisas y yo me preguntaba por qué si era fin de semana y no tenían que ir a trabajar. Oporto, Vista Alegre, Urgel, Marqués de Vadillo, Acacias-Embajadores, Lavapiés y, por fin, Sol, el corazón de la ciudad. Nombres que se quedaron grabados en mi memoria de soldado novato y altamente asombrado por la grandeza de la capital.

Con las mismas ansias de un amante enamorado por poseer el cuerpo de su amada asomaba yo saliendo del metro a la plaza más famosa de España, la Plaza del Sol. Me paraba en el centro mismo y girando sobre mis talones observaba los edificios con con expectación casi espiritual. Luego me ponía a caminar sin rumbo por las calles aledañas dispuesto a no perderme detalle de tanta grandeza. En el cine Callao se estrenaba “El exorcista” que permaneció en cartel toda aquella primavera y todo el verano. Un domingo me animé y entré a verla. Y sí, me pareció terrorífica, pero no tanto como lo que me esperaba a lo largo de la semana dentro del cuartel, eso sí era espeluznante .

Un domingo por la tarde, en un bar de Leganés, me encontré con tres chicas que conocía porque eran del pueblo donde crecí. Nos saludamos y quedamos para el día siguiente, domingo. Me busqué un par de colegas y allá que nos fuimos tan animados a la cita. Nos encontramos a la hora prevista en una pequeña tasca al lado del simbólico edificio sede de la DGS (Dirección General de Seguridad), en Plena Plaza del Sol. Pasamos una tarde entretenida con ellas en un sitio de la Calle Mayor donde había baile. Pero me temo que ellas se aburrieron como ostras, al parecer me llevé a lo más soso del cuartel. No obstante quedé con Martina, la que más conocía de las tres, para el siguiente domingo en el mismo sitio. Pero no pude acudir a la cita, me tocó guardia ese domingo y mis planes amorosos se fueron a pique. A Martina no volví a verla, me quedé con ganas de disculparme y de algo más…Sobre todo cada vez que uno de mis colegas y compañero me contaba cada lunes sus aventuras amorosas con una paisana suya que, al igual que yo, se encontró por casualidad en Madrid. Tuvo más suerte que yo, sin duda…

(Continuará)