miércoles, 15 de enero de 2014

La auténtica cara del capitalismo




En defensa del capitalismo de libre mercado se dijo en su día -en contra de la economía de ideas socialistas- que es el único sistema económico capaz de ofrecer a los ciudadanos una auténtica igualdad de oportunidades, el único capaz de convertir a un mendigo en millonario.

Hoy día, en medio de esta crisis mundial y provocada, sabemos que hasta esa afirmación es mentira y que los escasos pobres que lograron enriquecerse fueron sólo unos tristes comparsas para vendernos un sistema injusto, insolidario y cruel que ha producido y sigue produciendo millones de seres viviendo en la indigencia, sin recursos para llevar una vida medianamente digna.

La culpa de este fracaso radica en la palabra clave de este sistema , competencia, unida a la propia naturaleza humana. Con el tiempo, la libre competencia pasó a convertirse en feroz competitividad que es la piedra filosofal sobre la que se asientan las ideas capitalistas, su dogma más sagrado.Se hace patente ya desde la misma escuela y, bajo su filosofía, el mundo se está convirtiendo en un lugar inhabitable para más de la mitad de su población.

Esa feroz competitividad, esa constante lucha por lograr el enriquecimiento personal a costa de los otros, es lo que ha convertido la vida en el planeta en una carrera hacia la meta del poder y la riqueza sin tener en cuenta para nada los métodos utilizados para alcanzarla.Ya todo vale con tal de servir al dios dinero.

Y al final, los ganadores sólo son unos pocos mientras que los perdedores son millones de seres sobreviviendo con las migajas que los otros se fueron dejando por el camino, millones de seres medio arruinados e insatisfechos.

Sólo el día en que nos demos cuenta de la situación real en que vivimos, sabremos hacer frente a este disparate. Pero ese día va a tardar porque nos durmieron tanto, nos dogmatizaron de tal manera, que costará todavía siglos de hambre y de miseria el conseguir terminar con este sistema depredador de seres humanos.

El poeta del pueblo Miguel Hernández ya lo vio claro y así lo dejó escrito en uno de sus bellos sonetos:

"Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,
 los que entienden la vida como un botín sangriento,
 como los tiburones, voracidad y diente,
 panteras deseosas de un mundo siempre hambriento"