viernes, 18 de abril de 2014

El pozo








                                                   
                                                            -I-

Aquel  no era un  pozo corriente, estaba dividido en dos por una pared.
Al parecer, antiguamente, el pozo estaba situado en el centro del patio de una gran mansión, pero un día,  la finca fue repartida entre dos herederos y, para que ambos disfrutaran del pozo, el muro de separación de las nuevas viviendas se trazó justo por donde éste estaba, quedando así medio brocal para cada vivienda pero un pozo completo para las dos. Ambas viviendas llevaban muchos años desocupadas cuando mis padres alquilaron una de ellas.

Tendría yo por entonces unos siete años. Como no tenía hermanos  con quien jugar, en las tardes de verano me entretenía observando a los pájaros que se posaban en el parral o a las hormigas que, en interminables hileras, viajaban de un extremo al otro del patio transportando sus cargas. Pero mi entretenimiento favorito era el pozo. A él me asomaba durante horas enteras y dejaba volar mi imaginación. A menudo soñaba que una sirena de rubios cabellos surgía de las oscuras aguas y llegaba hasta mí para besarme. Otras veces, imaginaba que el pozo estaba habitado por hadas y por duendes que vivían allí, bajo las negras aguas, y que sólo salían a la superficie en las noches de luna llena.
Cuando me cansaba de imaginar, pasaba a la acción. Y entonces lo que hacía era arrojar a su interior hojas del limonero por ver si flotaban, ramitas, semillas... Pero lo más divertido era echar al pozo hormigas o saltamontes para comprobar si sabían nadar. Así se  me iban las horas, sobre todo las horas de la siesta del caluroso verano.

Un lunes por la tarde de principios de septiembre, recién comenzado el curso escolar, estaba yo coloreando unos dibujos a la sombra del parral cuando me pareció escuchar voces de niños. Era una especie de conversación en voz muy baja, como un murmullo apenas perceptible. Dejé lo que estaba haciendo y me quedé escuchando. El murmullo dejó de oírse y en seguida pensé que me lo había imaginado. Pero no pasaron ni dos segundos cuando volví a oírlo de nuevo y, esta vez, con mayor claridad. Me asusté porque nunca antes había oído nada semejante en los dos años que llevaba viviendo en esta casa. Y, sobre todo, me asusté porque el murmullo de voces procedía del pozo.
Armándome de valor, me levanté de donde estaba y me fui hacia el pozo. Con mucha prudencia y, por qué negarlo, con mucho miedo, me fui asomando poco a poco al brocal, con cautela.
Al principio no vi nada, sólo la negra oscuridad. Pero cuando llevaba unos segundos mirando, de repente, en un momento en que el sol salió de detrás de una nube e iluminó el interior, pude distinguir allá abajo, frente a la imagen reflejada de mi propia cara, otra cara, la de una niña de rubios cabellos. Con un grito, me aparté del pozo. Mi corazón latía a velocidad de vértigo mientras corría a refugiarme en el interior de la vivienda.

Poco a poco me fui calmando a la vez que buscaba una explicación lógica a lo sucedido. Y llegué a la conclusión de que la cara que vi en el fondo, así como las voces que escuché, no podían ser otra cosa que producto de mi calenturienta imaginación. Cuando me tranquilicé con este argumento, volví al pozo. Me asomé de nuevo y, en efecto, esta vez no vi nada, tan solo mi imagen reflejada en el agua. No obstante, esa noche soñé con todo tipo de fantasmas que, saliendo del pozo, poblaban el patio.

Al día siguiente, lo primero que hice al volver del colegio  fue correr hacia el pozo. Me asomé, escudriñé sus aguas y hasta lancé alguna piedra, pero nada. Agucé el oído y tampoco hubo novedad. Resignado desistí y di ya definitivamente por sentado que lo ocurrido el día anterior sólo había sido producto de mi encendida imaginación.

Después de comer, a la hora de la siesta, me senté bajo el parral a hacer los deberes de matemáticas. Siempre los hacía en primer lugar para quitármelos de encima cuanto antes, nunca me gustaron las matemáticas.


 No había pasado de la segunda cuenta de multiplicar cuando, de nuevo, creí escuchar las voces del día anterior. Me quedé petrificado y escuché con todos mis sentidos. Las voces ahora llegaban claras, nítidas. Más claras que las del día anterior y, al igual que entonces, procedían del pozo. Eran voces infantiles, como de niños pequeñas y casi podía entender lo que decían.

Con el corazón encogido, me levanté y me fui para el pozo. Lentamente me asomé y esta vez no tuve duda, allá abajo, en el espejo del agua, había un rostro de niña que me miraba con los ojos muy abiertos y con una sonrisa en los labios. Era la misma niña de ayer, no había duda. De forma impulsiva, me retiré del brocal pero mi curiosidad podía ya más que mi miedo. Volví a asomarme y esta vez no vi una cara, sino dos. Ambas estaban con las cabezas juntas, sus siluetas frente a la mía, mirándome curiosas mientras me sonreían. Eran muy parecidas, casi iguales. No podía dejar de mirarlas.

Sin saber muy bien por qué, me sentí en la necesidad de decir algo.
De mi garganta salió un tímido hola e inmediatamente, las entrañas del pozo me devolvieron mi hola amplificado, tanto que me asusté más aún de lo que ya estaba. Aparte del eco, no obtuve otra respuesta. Pero ellas seguían allí, mirándome fijamente.
Probé de nuevo:

-¡Hola! Me llamo David. ¿Quiénes sois vosotras?

Y, por toda respuesta, sonaron unas risas entre metálicas y chillonas que me dejaron petrificado. A continuación, una mano menuda y blanca se elevó desde el agua y avanzó hacia mí. La veía claramente y sentí que me alcanzaba. Di un salto hacia atrás y me separé del pozo a la vez que  un grito se escapaba de mi garganta. Enseguida acudió mi madre:

-¿Qué pasa David?

-Mamá, hay dos niñas en el pozo…

-¿Cómo?

 -Sí, dos niñas iguales que se ríen y me quieren llevar con ellas.

-Ya. Dos niñas, ¿eh?...Tienes una imaginación desbordante, eso es lo que te ocurre a ti. Te prohíbo que vuelvas a asomarte al pozo, ¿me oyes?.


Y cogiéndome de la mano me metió en casa.

Me quedé muy preocupado. Aquello no podía ser producto de mi imaginación solamente, ya había sucedido dos veces. Yo había visto sus caras y había oído sus risas. Eran reales.

 A la hora de la cena y, para mi sorpresa, mi madre me dijo:

-¿Sabes David? Por una vez tienes razón. Lo que me contaste esta tarde en el patio resulta que es verdad. La casa de al lado está habitada desde hace dos días por una familia que ha venido de Madrid para vivir aquí, en el pueblo. Es un matrimonio con un hijo pequeño, de tu edad más o menos y lo que viste en el pozo fue su cara reflejada en el agua…

-¿Un niño? ¡Querrás decir dos niñas…!

-No David, no vuelvas a las andadas. Sólo tienen un niño, como nosotros, y ningún hijo ni hija más.

-Pues yo vi a dos niñas…

-Bueno, es posible que el reflejo te engañara al moverse el agua y en vez de uno vieras dos niños, pero de ninguna manera pueden ser niñas porque he estado hablando con ellos y me han dicho que sólo tienen un hijo…

Mi madre dio la conversación por terminada pero yo no me quedé tranquilo, esta vez estaba seguro de lo que había visto y oído.


 Durante el resto de la semana, apenas me acerqué al pozo. Fue el sábado por la mañana, estando yo leyendo comics en el patio, cuando me pareció escuchar algo parecido al sonido de un objeto que chocaba con el agua. Me levanté y caminé hacia el pozo con preocupación por si aparecía mi madre.

Antes de llegar hasta él volví a escuchar el mismo sonido. Era una especie de “chop”. Me asomé y vi una cabecita reflejada en el agua al tiempo que se oía otro “chop”. Esta vez se trataba de un niño. Era el hijo de los nuevos vecinos, sin duda.

-¡Hola! Soy David, ¿quién eres tú?

-¡Hola! Me llamo Javi y vivo aquí.

-¿Cuándo has llegado?

-Hace dos días.

-¿Tienes hermanas…?

-No. Soy solo.

En ese momento oí la voz de su madre que lo llamaba para comer…

-Adiós, me llaman.

-Adiós, Javi.

Me quedé allí un rato más, mirando a lo hondo por ver si había algún rastro de las niñas, pero nada.












                                                         -II-

El trimestre pasó volando y llegaron las vacaciones de Navidad.
En todo ese tiempo, apenas me asomé al pozo y, por supuesto, no volví a tener noticias de mis amigas imaginarias.
Javi, el nuevo vecino, y yo, nos hicimos buenos amigos. Se venía a mi casa y nos pasábamos las tardes jugando. Otras veces, era yo el que iba a la suya.

 Una tarde en que había sido invitado por su madre a merendar, ésta nos dijo de improviso:

-No me gusta que os acerquéis al pozo, es peligroso.

-¿Por qué? –pregunté yo con intención.

-Pues porque os podéis caer dentro y ahogaros.

-Eso es imposible. Yo me he asomado a él muchas veces y nunca me he caído –dije.

-Ya. Pero no es imposible. De hecho, ya ocurrió una vez.

-¿Ah, sí? Y, ¿qué pasó? –mi curiosidad se disparó.

-Bueno, aunque es una historia muy triste, os la voy a contar para que no olvidéis nunca lo peligroso que puede llegar a ser el pozo y para que no os acerquéis a él.

Y comenzó su relato. Tanto Javi como yo, nos dispusimos a escucharla con la máxima atención. Sobre todo yo.

-Esto que os voy a contar ocurrió hace muchos años, cuando mi esposo, el padre de Javi, que también se llama Javier, era un niño como vosotros. Yo conozco la historia porque me la ha contado él. 
Vivía con sus padres en esta casa que por entonces era mucho más grande que ahora, pues ocupaba lo que es ahora tu casa y la nuestra juntas. El pozo estaba en el medio del patio ya que aún no se había construido la pared de separación de ambas viviendas.
Pues veréis, Javier tenía dos hermanas pequeñas que eran gemelas…

Al oír lo de las gemelas, tragué saliva y comencé a sentir que me ponía lívido.

 …Una tarde de verano, los padres de Javier tuvieron que ausentarse y lo quedaron a él al cuidado de las gemelas. Pero, al rato de marcharse los padres, llegaron  unos amigos y lo invitaron a jugar un partido de fútbol en la calle. Y, aunque les dijo que no podía salir a jugar  con ellos, al final lo convencieron y dejó a las gemelas solas en el patio. Estuvo jugando un rato y luego se despidió diciendo que no podía estar más tiempo , que tenía que cuidar de sus hermanas. Cuando regresó, las niñas no estaban en el patio. Las llamó preocupado y las buscó por toda la casa sin encontrarlas. Por último, se asomó al pozo temblando de miedo y ahí, flotando en sus negras aguas, estaban las dos. Salió a la calle desesperado a pedir ayuda pero ya era tarde, las gemelas se habían ahogado. Desde ese día y a pesar de que ha pasado mucho tiempo, Javier sigue teniendo pesadillas por la noche y sigue llamándolas a voces mientras duerme…

La galleta que tenía en la mano se me cayó. Un miedo atroz se apoderó de mí y ya no pude articular palabra. Salí corriendo de allí y llegué a mi casa sofocado. Ahora sabía por fin que mis visiones de aquellos días no habían sido sólo producto de mi imaginación. Que ellas, las gemelas, o mejor, sus espíritus, seguían allí, en el fondo del pozo. Y al sentir la presencia de su hermano en la casa, habían vuelto. Todo encajaba.

Ahora, el que no podía dormir por las noches era yo. Y, sin poder evitarlo, cada noche terminaba en el patio, asomado al pozo donde permanecía hasta altas horas de la madrugada escuchando sus susurros que habían vuelto a oírse claros y nítidos.
Les preguntaba por qué habían vuelto y qué es lo que querían y ellas, entre risas, me hablaban cada noche con sus vocecillas de sonido metálico y lejano, como del más allá:

-“Esperamos”

_Y ¿qué esperáis?

-“Es nuestro secreto” “Esperamos”


 Y fue una noche muy fría de finales de diciembre, con la luna llena en todo su esplendor cuando, al asomarme al pozo, ya no las vi ni las oí. En su lugar pude distinguir flotando sobre las aguas algo blanco que no me paré a identificar pero que me causó un gran desasosiego. Volví a la cama, pero esa noche no conseguí dormirme hasta casi la llegada del alba.

Por la mañana, me desperté sobresaltado. Había mucho ruido de voces en la calle. El alboroto venía de la casa de Javi. Gente que entraba y salía y un ruido lejano, lastimoso, como de llanto.
Me levanté y pregunté a mi madre por el motivo de tanto alboroto, sólo para que me confirmara lo que yo ya sospechaba:

-Mamá, ¿qué pasa?

-Una desgracia, hijo. Que el padre de Javi se ha tirado al pozo y se ha ahogado.


No me cogió de sorpresa, ya lo vi en la madrugada, aunque no quise verlo. Y supe también en ese mismo momento que era eso precisamente lo que esperaban las gemelas, vengarse del hermano que un día las abandonó a su suerte. Y supe, igualmente, con toda certeza, que ya nunca más volvería a verlas ni a oírlas en el interior del pozo. Y una especie de pena nostálgica se apoderó de mi inocente alma infantil.

Aún hoy, a mis cincuenta años, aquí en la ciudad donde vivo, lejos   del pueblo, recuerdo con cierta ternura las noches de luna llena de mi infancia hablando con las hermanas gemelas que habitan en aquel pozo, un pozo que no era nada corriente.

                                                                     Enero, 2014







miércoles, 9 de abril de 2014

Escena callejera



El ingenio de este hombre para sobrevivir, no tiene límites.¡La de horas que habrá pasado enseñando al pájaro hasta conseguir que vuele confiado a las manos de los desconocidos transeuntes, atrape la moneda con el pico y vuelva con ella hasta su mano!

Para la mayoría, esta es una escena simpática, incluso divertida. Sin embargo, si observamos la situación más de cerca, podemos sacar algunas conclusiones no tan festivas:

1.El hombre, más inteligente, utiliza al animal para ganar dinero tras haberlo domesticado para tal fin y en provecho propio. Se puede decir que ha convertido un ser libre en un esclavo al que explota descaradamente. El pájaro no nació para pasarse su corta vida recogiendo monedas de las manos de los transeúntes. Su lugar es el campo abierto y no el ruido y la contaminación de la gran ciudad. Y, aunque también el pájaro saca su beneficio (comida), él no es consciente de la situación.


2.Tampoco es normal la situación desde el punto de vista del hombre. Se supone que todos tenemos derecho a una vida digna, aunque solo sea una suposición, claro está. Por el hecho de mendigar unas monedas para subsistir, el hombre es también una especie de esclavo, pero del sistema.


3.Y todo ello, con el beneplácito de los espectadores que disfrutan de la "inteligencia" del pájaro olvidándose de la cuestión principal: que se trata de dos vidas marginadas que se han unido en una simbiosis obligada por las circunstancias para sobrevivir, para no morir de hambre en medio de esta jungla de cemento en que se han convertido las ciudades modernas.


(Esperemos que no lo vea el ministro Montoro, porque utilizaría la idea para cobrarnos por medio del pajarito un nuevo impuesto, el de transeúntes, por desgatar el suelo mientras paseamos :)