domingo, 27 de mayo de 2012

El arroyo






Eran aquellas unas primaveras de lluvias generosas que inundaban los valles arrastrando monte abajo las cicatrices que se dejó en la tierra la aridez del invierno.Apenas caían las primeras gotas,se formaban hilillos de agua negra que arrastraban la suciedad de una tierra baldía durante meses.Enseguida esos hilillos se juntaban con otros para crecer y descender laderas en forma de regatos alocados que,cual adolescentes fogosos,arrastraban hacia el valle piedras,troncos y matones ya resecos con los que erosionaban el cauce hasta conseguir encajonar el torrente.




Cuando los regatos llegaban al valle,se unían al padre arroyo que bajaba desde el norte brincando entre peñascos y suaves desniveles.Bajaba añadiendo su propia banda sonora al espectáculo de la primavera, una cantarina y monótona melodía de dulce sonsonete con arreglos de espuma.
En sus riberas,el trébol extendía retales verdes junto a los serios juncos que,en escuetos y espigados ramilletes,balanceaban sus escuálidos tallos al compás de la música del agua,hasta conseguir mirarse, presumidos y coquetos,en el espejo del río.Delicadas matas de poleo,de presta,de hierbabuena,bañaban sus raíces en la tierra húmeda de las orillas mientras saturaban el aire con aromas mentolados.Y,en mitad del arroyo,allí donde la corriente se hacía balsa serena,algún nenúfar de flores amarillas jugaba a reposar su bella levedad.





Más adelante,como en loca carrera, el agua tornaba a saltar con fuerza por encima de las peñas redondas con su loca alegría de joven torrente para caer después formando delicadas cortinas,muy delgadas, que dejaban ver a su través,el verdor oscuro y misterioso de los musgos asidos a las piedras.A continuación,como en una explosión de perlas  juguetonas,el agua estallaba en mil gotitas,mil diamantes transparentes con destellos de colores,pintados allí por el sol del mediodía.

Aquellas mañanas de las primaveras de mi infancia junto al arroyo,dejaron en mí un recuerdo tan intenso,con un dulce sabor a naturaleza en estado tan puro que,en más de una ocasión,me ha servido para curarme las heridas que han ido dejando en mí,a lo largo de los años,las batallas diarias por la vida.