sábado, 27 de mayo de 2017

Lo que han demostrado las primarias del PSOE y lo que no

(Artículo de Rosa María Artal en Diario.es y en su blog El Periscopio - 23/5/2017)

En España cuesta demostrar las trampas más evidentes, ocultas o mareadas bajo muchas trampas más, pero alguna vez se hace la luz. La reelección de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE ha revelado, en primer lugar, la escandalosa maniobra que culminó en el ominoso Comité Federal del 1 de octubre que le obligó a dimitir. Por mucho que hayan insistido en su normalidad, la mitad de la militancia no les creyó. Ni lo tragó. Y mucho menos que fuera inevitable abstenerse para dar el gobierno a Rajoy como también se han cansado de repetir. Para su mala fortuna, la corrupción, las maniobras judiciales, hacían y hacen más flagrante ese apoyo.
Hablamos de todos aquellos que han quedado con sus desvergüenzas al aire en una operación tan chapucera como solo sabe hacerse en España cuando se ponen a ello. Se trataba de entronizar en el mando a Susana Díaz y echar de la faz de la tierra –de ser posible– a Pedro Sánchez. Por distintas motivaciones. Agravios personales en algún caso y, fundamentalmente, para que nada cambiara en el sistema, a mayor gloria de sus promotores.
Los análisis más equilibrados coinciden en que el fallo principal fue la candidata. Cuesta entender dónde le veían las grandes aptitudes que describían los medios a su favor –casi todos–. Carisma, fuerza, liderazgo, capacidad de unión y una gran destreza en coser los rotos provocados. El día de la votación aún aseguraba El País que del Comité “había salido un secretario general muerto políticamente y una aspirante al puesto más viva que nunca”. Juicio clínico, como tantos otros.
Tan segura de su triunfo estaba Susana Díaz que ni preparó su campaña, ni algunas ideas con peso a transmitir. Ya no faltó más que su propuesta de futuro, en particular la de “cultura”. La teoría de las clases medias asiáticas y las playasque tienen su versión en España, para dar playa e impulsar clases medias locales, nos llenó de estupefacción. Venía precedida de un discurso clasista, reaccionario e insultante sobre el fenómeno indignado. La playa aparecía otra vez. Acusaba a los descontentos de querer una segunda residencia frente al mar, y, lo que es todavía peor, de pretender llevar a sus hijos a la Universidad. Levantó ampollas.
Y allí estaban suscribiendo esa candidatura expresidentes, barones de toda España en abrumadora mayoría, lo más granado del PSOE. Y, apoyando por la banda mediática, los principales medios con El País en cabeza. Con un cúmulo de insultos a Pedro Sánchez y todos los parabienes para Díaz. Todos han fracasado. Es una aplastante realidad.
La presión para que saliera la presidenta andaluza queda reflejada en que la avalaron con su nombre y firma personas que luego no la votaron. Perdió en todas las comunidades salvo la suya y el País Vasco.
Ante nuestros ojos desfilan –y es solo el principio– las miserias de la condición humana. Ya se ven los hipócritas habituales que no tienen ni el mínimo pudor para cambiar a la chaqueta del acercamiento, tras las puñaladas traperas. Lo que domina sin embargo es una mezcla de ira y desprecio, con un punto de temor. Dirigentes del PP dicen que no hay nada que cambiar en el rumbo de su España. Albert Rivera e Inés Arrimadas resucitan sus peores fantasmas no vaya a ser que a Sánchez le dé por ir a la izquierda como dice. Como le pide la militancia.
La militancia. Qué obscenidad. Podemos, Unidos Podemos, Pablo Manuel, ya tenemos de nuevo todo el repertorio completo. A unos niveles de patetismo insuperables. El conductor de los Desayunos de TVE, con expresión de no haber pegado ojo, conmina a un miembro del equipo de Sánchez a que, prácticamente, se comprometa a que no pactarán con Podemos. “Con Podemos, no”, ordena con tono severo. Muestran todos ellos una desolación que entra en la categoría feliz de la justicia poética.
La basura plena llega a bautizar a Irene Montero como Yoko Ono y a hacerla responsable de un peligroso pacto de izquierdas. “No sería bueno”, había sentenciado Albert Rivera, no aclaró para quiénes, aunque es evidente.
Lejos de reconocer su derrota, la derrota de toda su estrategia, El País siguió con sus artículos y editoriales incendiarios. Como decía Javier Gallego, Crudo, la elección de Sánchez ha demostrado la pérdida de influencia del que fuera el periódico de referencia español. Sus editoriales ya no son relevantes. A lo sumo para la camarilla que lo gestó todo y una corte de dinosaurios nostálgicos de un pasado que no volverá. Los pasados no vuelven por definición.
Consecuencia lógica en una audiencia crítica como ha tenido El País. Sus contenidos entran en terrenos preocupantes. Son ya demasiadas las veces que pone en cuestión el hecho de votar, y el lunes –en el amargo despertar en el triunfo del candidato detestado–, llegó a hablar de crisis de la democracia representativa. Puesto que Pedro Sánchez es, dice, igual que Trump y Podemos, y Podemos es lo mismo que la Falange por boca de su columnista Javier Marías, intranquiliza deducir el sistema que se está propugnando desde esas páginas. Las élites son las que saben. Sobre todo lo que conviene a las élites. Con Sánchez ven amenazada, dicen todos sus miembros, la estabilidad. La estabilidad de la corrupción y la desigualdad en la práctica.
Habrá que echarle otro ojo a Pedro Sánchez. La versión actual lo trae con un coraje y una tenacidad que aportan muchos puntos a su favor. Pero no está claro si ha cambiado realmente de intenciones, no se sabe qué va a hacer, comoplanteaba en preguntas concretas y decisivas Olga Rodríguez.
Quienes le siguieron en el NO es NO fueron apartados por la Gestora y hasta multados. El aparato copó los principales cargos, puede hacerle difícil la gestión. Y algunas primeras declaraciones tienen un cierto olor a déjà vu, a ya visto. Dos puntales del nuevo equipo, Adriana Lastra y Margarita Robles dicen en declaraciones a medios, que el NO es NO va también para la moción de censura de Unidos Podemos. Con un argumento de peso, sólido y racional como pocos:porque no apoyó a Sánchez (y su alianza con Ciudadanos) a la presidencia del Gobierno. El propio Sánchez resucitó esta versión en campaña. Igual volvemos al bucle, a dar vueltas en el tiovivo, aunque esto no está confirmado.
Al final, los ciudadanos responsables han demostrado que ya no son tan fáciles de engañar. Hay más medios que los tradicionales. E informan. De su paciencia sabemos: es mucha pero no infinita. A ver si por fin los tiempos cambian y la marea empapa y cruje los inamovibles muros. Lo decía Bob Dylan hace una eternidad. Aquí y hoy, al lado, en Portugal está siendo posible. También está demostrado.

lunes, 24 de abril de 2017

Democracia para zombis


Artículo de Rosa María Artal en Diario.es sobre la actualidad política y social de España y de Europa. (22/4/2017)

Una de las últimas ha sido Turquía, siguiendo la estela. Se ha permitido dar un puntapié a la democracia, por muchos que sean los atenuantes. Lo que lleva a los guardianes de las esencias a cuestionarse la propia naturaleza del sistema en el que el pueblo decide. A las urnas las carga el diablo, dicen. Vive el mundo momentos precarios en las libertades. Y todo avisó con antelación.
Llamar democracia a lo que regentaba Erdogan en Turquía es un eufemismo pero algunos preferían pensar que cumplía las formas. Al punto de convocar un referéndum para convertirse oficialmente en una autocracia. Ganado de antemano, por supuesto. Lo curioso es que un nutrido sector de turcos ha avalado y potenciado a un dirigente que ya carga a su espalda el encarcelamiento de cien mil personas con la excusa del presunto y oportuno golpe de Estado que sufrió. Intelectuales, periodistas independientes, jueces, profesores, militares demócratas, son los principales objetivos de su cruzada. Muchos han sufrido torturas.
Ahora, el Erdogan que ostenta todos los poderes, podrá legalizar la pena de muerte y ejecutar disidentes como hizo otro colega admitido sin problemas por Occidente, el dictador golpista de Egipto, Al Sisi. Sujeto al que Trump recibió ya con todos los parabienes. 
Sean mayoría o no, millones de turcos han llegado a la conclusión de que necesitan un tirano para tiempos difíciles. O, los norteamericanos, un esperpento millonario sin escrúpulos, a quien ahora adorna el juego de la guerra –con daños reales– para acrecentar el mito. El presidente de Estados Unidos se ha apresurado a felicitar a su “homólogo” turco –titulan con precisión–. Y ha mostrado sus preferencias por la ultraderechista Marine Le Pen en Francia. Son los líderes idóneos para estos tiempos de confusión en los que unos pocos tienen mucho que ganar y millones de personas tanto que perder.
La democracia no está en cuestión, sino quienes la pervierten. A veces imagino a esa pléyade de votantes de “lo inconveniente” plantados en un bancal como el que plasmó José Luis Cuerda en Amanece que no es poco. Cada mañana, los encargados del jardín, les riegan con mimo y siembran nuevos esquejes. Ahora han colocado a sus líderes en el poder, con indiferencia vegetal. Dispuestos a lanzarse al abismo, llevándonos a todos de la mano.
Los cultivadores son los mismos que a lo largo del día criticarán las deficiencias del desorden que apuntalan. Esos que, cubiertos por el agua y a punto de ahogarse, seguirían tecleando con las dos manos libres contra los enemigos de sus trampas y privilegios. Esa gota malaya, ese ejército dispuesto a segar cualquier idea de progreso.
Millones de personas son incapaces de relacionar que las políticas de la desigualdad tienen consecuencias. Que matan tanto o más que las bombas y camiones de los fanáticos. Muchos turcos declaran las buenaventuras que esperan del nuevo régimen: trabajo, riqueza, una vida mejor. La mayoría de los votantes de Trump lo creen también. Pero así se sembró y alimentó. Con las mentiras, la banalidad y la infantilización de la sociedad, sobre un sustrato de profunda injusticia social. Y de abandono de los más vulnerables.
Francia, el país que cambió el signo de la historia con la Revolución del  XVIII, podría llevar a la presidencia a una mujer ultraderechista acérrima. Los establecidos temen más a Jean-Luc Mélenchon que a Marine Le Pen. El antiguo primer ministro Lionel Jospin ha venido a demostrar que al partido socialista francés se le fueron antes las figuras de la izquierda que los votantes. Ahora aterra su “extrema izquierda”. 65 años, curado de muchos espantos, harto de muchos desvaríos, se ha lanzado a la arena con su imagen más provocadora. ¿Seguro que no se lo explican? El tinglado que se montaron los partidos que nos llevaron a la crisis de todos los valores ya no funciona, por mucho que se empeñen. Cómo será que los medios franceses no paran de hablar de Venezuela. Aunque cueste creerlo: Venezuela también en Francia.
Como en España. “Así empieza lo malo”, leo, con… el autobús de Podemos. Ah, ¿no había empezado ya? Por la insistencia se diría que con las primeras papillas. Pero, en definitiva, otro spot de la sociedad del espectáculo. No mayor que laperfomance continua de la derecha. Será que los ciudadanos ya no entienden otra cosa. “Lo malo”, lo peor, es la prioridad de las iras del sistema que no demuestra sino su propia degradación.
Tras el trance de la Semana Santa, exaltado este año a conciencia, nos caímos de bruces sobre la realidad. Tenemos a 120 empresas disfrutando del trabajo casi esclavo de presos.  A la sanidad pública descuartizada y utilizada. En Madrid no se cobran servicios a la privada, con la jefa entretenida en hacerse la rubia. La peste creada por Aguirre, la rubia por antonomasia, con sus contratos y dispendios, da cada día nuevos signos de putrefacción.
¿Y las autopistas quebradas? Nos van a costar no menos de 5.500 millones de euros y ahora el ministro del ramo avanza su venta porque igual, sin deudas, ya son rentables. Para sus nuevos dueños. O no. Porque las previsiones con las que se construyeron fueron erróneas y siempre está nuestro dinero para sufragarlo. Y esto se vota una y otra vez.
¿Y Rato? ¿Cabe más escandalosa trayectoria? “Rato se comportó en el poder como un cleptócrata profesional, como el vicepresidente de una república bananera, con el descaro y la impunidad de quien se sabe por encima del bien y del mal”, escribe Ignacio Escolar. Sello de la casa PP, con bañador rubio.
Rajoy va testificar ante la Audiencia Nacional por la Gürtel. Con todo el aparato que apoyó a la infanta Cristina en su juicio a su favor. Y nos damos por contentos con una declaración, como testigo, del presidente del PP de la Gürtel. Y reconociendo que es un hito en el sistema, además. La reacción visceral del PP, acusando  al PSOE a través de un comunicado de estar detrás de la llamada judicial, da idea del comatoso estado de la Justicia en España o de la concepción del PP sobre su funcionamiento.
No faltó más que la detención e ingreso en prisión incondicional del ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, como presunto jefe de otra red criminal que involucra a varias empresas y destacados miembros de este remedo de democracia que vivimos. El Canal de Isabel II como epicentro y muchas otras ramificaciones. La Operación Lezo le ha estallado también al PP y siguen mirando para otro lado. Cinismo flagrante. Y hay gente, con un cerebro presumiblemente, que les cree. O quiere hacer como que les cree. Democracia para zombis.
En la operación también está involucrado un viejo conocido, ahora en libertad bajo fianza.  López Madrid, yerno del empresario Villar Mir, amigo de los reyes,compi yogui de la reina por más señas, con Granados, relacionado también con la Púnica y la dulcemente llamada policía “patriótica”. Sonroja enumerarlo y aquí no pasa nada. Realmente, en España, también se votó a un partido que había implementado la Ley Mordaza. Y otros partidos sensatos y moderados, constitucionalistas, se dicen, le dieron la mayoría que les faltaba para seguir gobernando. Y ahí están.
Francamente, el autobús de Podemos, la madre de todas las andalucías y las apuestas mediáticas por el candidato que vaya a llevar al desastre al PSOE como a sus colegas en Francia es casi ya lo de menos. La propia impotencia de la denuncia, de escribir como la página que se lanza a un agujero negro a abrirse paso con desigual fortuna. Cuanto se anunció, se cumple y en sus peores escenarios. Y ahí siguen sus autores empecinados en lo mismo.
“Si supiera que el mundo termina mañana, yo, todavía hoy, plantaría un árbol”, escribió el líder negro Martin Luther King, asesinado en 1968. A pesar de todo. Por dignidad, siquiera. Ideas que sobrevivan, no bancales de excluidos útiles.


*Publicado en eldiario.es esta misma semana y actualizado al ritmo de los acontecimientos que no dejan de producirse.

miércoles, 6 de julio de 2016

AQUEL AÑO EN MADRID (Abril 1975-Marzo 1976) (y III)





                                                 -III-
                           Noviembre 1975-Marzo 1976

El 26 de octubre, con Franco ya gravemente enfermo, el rey de Marruecos Hassan II aprovechó la incertidumbre política española para ordenar la invasión del Sahara Occidental, todavía por entonces colonia española, en una operación que se conoció como la  “Marcha Verde”. Una gran multitud formada por ciudadanos marroquíes  y soldados, espoleada por las autoridades del país, comenzó a avanzar a pie en dirección a la frontera del Sáhara Occidental para reivindicar el derecho de Marruecos sobre esos territorios. Los rumores en el cuartel se dispararon. Se oía que la División Acorazada Brunete, a la que pertenecía nuestro regimiento, sería la primera en acudir a defender la colonia. La preocupación era enorme y empezó a hacerse  evidente entre toda la tropa. A mí en particular comenzó a quitarme el sueño, algo que hasta entonces no había ocurrido por nada. Ya me imaginaba allá, entre las dunas, dando barrigazos contra la arena del desierto y disparando contra los de la marcha verde. Lo cierto es que para mí, el que el Sáhara fuera español o marroquí me la traía floja y eso aumentaba aún más mi angustia. Es más, era de los que pensaba que no deberían existir las colonias, bastante daño había hecho ya Europa en África con sus nacionalismos dirigidos solamente al beneficio económico propio sin tener para nada en cuenta los graves problemas de los nativos. Lo cierto es que fueron unos días terribles. Veíamos cada noche en televisión avanzar a la multitud mientras los presentadores repetías como loros que “España no consentiría la invasión de un territorio nacional y si para ello había que declarar la guerra a Marruecos, así se haría”.
El 6 de Noviembre, la Marcha Verde llega a la frontera y penetra en territorio del Sáhara, pero no ocurre nada. El día 9, Hassan II ordena la retirada de los campamentos de la Marcha Verde y aquí se acaba la historia. Posteriormente nos enteramos que todo había sido una comedia para meter presión por parte de Marruecos, pero que el destino de la colonia ya estaba decidido en secreto por acuerdos firmados entre España, Estados Unidos, Marruecos y Mauritania. Los saharauis tomaron las armas para defender su independencia mientras España se retiraba del territorio abandonándolo a su suerte. Visto desde ahora, en la distancia, lo que hizo España puede ser calificado como de vergüenza histórica y tal vez por ello, para compensar, nos traemos en verano a los niños saharauis a pasar las vacaciones con familias que se prestan voluntarias para ello. Una vez más, el pueblo español demuestra tener más dignidad que sus mandatarios.

El 20 de Noviembre nos levantaron una hora antes de lo previsto y de forma precipitada. Nos formaron por compañías y en posición de firmes y en el silencio más expectante que yo haya sentido nunca, nos anunciaron por megafonía que Franco había muerto esa madrugada con lo que se declaraba el acuartelamiento de todo el personal hasta nueva orden.
Mis sensaciones ante la noticia eran contrapuestas. Lo primero que sentí fue un gran alivio, por fin iban a terminar todos esos partes médicos que día a día nos leían para que estuviéramos enterados del estado del caudillo.Y también sentí una cierta alegría –lo reconozco- porque por fin había muerto el dictador. Pero por otro lado y ante el panorama actual, me preocupaba el futuro del país y, con él, mi futuro. Había en todos nosotros una gran incertidumbre de lo que iba a ocurrir ahora, pues hay que tener en cuenta que todos los que allí estábamos sólo habíamos conocido la dictadura como forma de gobierno en España y pensábamos que otra forma de gobernarnos traería problemas y gordos.

El acuartelamiento duró una semana y tras él, y sin esperarlo, me dieron de nuevo un mes de permiso. Me fui a casa más contento que unas castañuelas, por el permiso  y porque iba a pasar la Navidad con mi familia, pero solo si los dioses así lo querían porque antes de marchar ya me avisaron de que en el caso de un nuevo acuartelamiento me mandarían llamar para que regresara lo más rápidamente posible. No ocurrió nada y pude disfrutar de la Navidad como si fuera la última de mi vida. El día 31 a mediodía ya estaba de regreso en el cuartel. Esa fue la nochevieja más triste de mi vida.

Los fríos meses de enero y febrero de 1976 se me fueron tachando números en el calendario por cuya razón se hicieron inmensamente largos. No ocurrió nada digno de contar pero mi ansiedad porque llegara marzo influyó en mis nervios que estaban esos días fuera de madre. Y por fin, el 14 de marzo me licenciaron. Fue un día memorable, de los que ya no se olvidan jamás y eso que poco lo celebré, no tenía un duro. Pero me fui feliz a mi casa, a comenzar una nueva vida. De hecho, 1976 lo recuerdo como uno de los mejores años de mi vida. Sus días me trajeron más alegrías que penas, algo que no se puede decir de todos los años. En julio aprobé por fin la oposición que me haría funcionario de por vida con la seguridad que daba el tener un trabajo fijo para siempre. Lo estuve celebrando hasta septiembre. A final de este mes conocí a una chica con la que comencé una relación de luces y sombras, pero una relación al fin y al cabo. No acabó bien: yo terminé enamorado de ella hasta la médula y ella casándose con otro, era mi destino. En octubre comencé a trabajar y a hacerme maestro, ahora sí, de verdad, no en teoría…Pero esa es ya otra historia.







martes, 7 de junio de 2016

AQUEL AÑO EN MADRID (Abril 1975-Marzo 1976) (II)


       



                                                           -II-
                                             Julio-Octubre 1975

A finales de junio solicité permiso al capitán de mi compañía para poder presentarme en mi ciudad a las oposiciones de magisterio. Lo solicité cuando ya me habían incluido en una lista que saldría próximamente para la zona del levante español con el objeto de realizar unas maniobras militares. Allí, delante del capitán, con la gorra en la mano y temblando como una hoja, hice mi solicitud. La respuesta fue una bronca que me dejó zumbando los oídos. Que si por qué no lo solicité antes, que ya era imposible, que primero estaban las maniobras…Pero debió de sentir pena de mí porque, a pesar de la bronca, me concedió el permiso. Lógicamente, suspendí. Sólo había estudiado unas cuantas horas y prácticamente a escondidas.

El verano se presentó con toda su artillería, y nunca mejor dicho. El calor, en los primeros días de julio ya era exasperante, sobre todo cuando nos hacían caminar decenas de kilómetros por los alrededores de Leganés. Solían llevarnos con frecuencia a un lugar llamado Polvoranca, hacia Alcorcón, si no recuerdo mal. Y las marchas nunca eran inferiores a diez kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Menos mal que tras el esfuerzo de la semana llegaban los sábados y los domingos donde nos daban un poco de libertad siempre que no te tocara guardia o retén, algo que a mí me tocaba casi todos los domingos por estar rebajado de guardias entre semana como todos los demás cabos-maestros.

Del Madrid de entonces, una de las cosas que más me sedujo fue la monumentalidad de la Gran Vía. El lujo de sus escaparates, la grandiosidad de sus edificios y el volumen de su tráfico rodado que ya por entonces era endemoniado. Los sábados por la noche, toda la zona hervía de gente con ganas de divertirse. Colas enormes a las puertas de los cines y cafeterías y restaurantes llenos celebrando ya el inminente cambio político que se avecinaba en el país. La calle de La Montera ponía la nota discordante a tanta luminosidad y elegancia. Los clientes deambulaban por ella en busca de prostitutas de tarifas acorde con sus bolsillos. Yo me limitaba a observar pues mi experiencias en esas lides y, sobre todo mi economía, no daban para más.

En agosto me concedieron mi primer mes de permiso que disfruté a tope en mi ciudad.

Ya de vuelta, una tarde-noche de finales de septiembre paseando por Sol, reparé en un kiosco de prensa y me llamó la atención el hecho de que todos los periódicos traían en sus portadas las mismas fotografías. Me acerqué y leí los titulares: “Ajusticiados en Hoya de Manzanares cinco terroristas pertenecientes a ETA y el FRAP”. Se había llevado a cabo la sentencia firmada por un Franco ya enfermo en contra de gran parte de la opinión pública. Ellos fueron los últimos fusilados de un franquismo que llevaba  treinta y siete años dirigiendo el país con mano de hierro. Al parecer, el dictador no quiso irse de este mundo sin llevarse por delante a cinco más de una ya larga lista.
Recuerdo que al leer la noticia, sentí como un mazazo en mi interior. No comprendía, al igual que muchos españoles, cómo se seguía aplicando la pena de muerte en pleno 1975 cuando ningún otro país de Europa la contemplaba en su legislación. Pero así ocurrió, nos quedaba mucho camino por andar para empezar a ser un país europeo en todos los conceptos y pensé que nos iba a costar, en palabras de W. Curchil, sangre, sudor y lágrimas…

A principios de octubre, en una de las guardias de domingo que me tocaba hacer como cabo (a todos los maestros nos nombraban cabo automáticamente sin preguntarnos) me avisaron de que estaba a punto de llegar al cuartel el Teniente Coronel y que estuviera atento para formar la guardia y rendirle honores. Me puse a vigilar la puerta de entrada pero pasó media hora y el tecol no aparecía. Supongo que me relajé porque, cuando más tranquilo estaba, se nos plantó en la entrada del cuartel sorprendiendo a todos. Con su vozarrón de Teniente Coronel enfadado llamó a gritos al Teniente de guardia y lo puso a parir allí mismo, delante de toda la guardia. Cuando el tecol se fue más cabreado que una mona viuda, el Teniente, que era el que más mala leche tenía de todos los tenientes del cuartel, echaba chispas por los ojos. Llamó a gritos al Brigada, lo puso en posición de firmes y, utilizando el mismo lenguaje que había utilizado el tecol con él pero aumentado a la enésima potencia, le lanzó una bronca que quedó para los anales del regimiento hasta la desaparición de éste en los años noventa, vamos que lo dejó como a un trapo después de fregar el suelo de todo el cuartel. Y, claro, el siguiente paso estaba cantado, el Brigada me llamó a mí. Era un hombre ya mayor, de estos que en el ejército llamamos chusqueros que son aquellos mandos que se estancan en un escalafón y no ascienden por falta de preparación cultural. Pues bien, mi Brigada chusquero me ordenó que me cuadrara ante él y una vez en posición de firmes empezó a soltar por su boca sapos y culebras mientras los de la guardia me miraban con gesto serio unos y con cara de cachondeo otros, que de todo había. Entre otras lindezas me dijo tonto, imbécil, subnormal, desgraciado, delincuente, inútil….y, tal vez el calificativo que más me dolió de todos, analfabeto. Y me lo decía un personaje que apenas sabía leer y escribir. Yo ya me veía en el calabozo por una larga temporada Pero no fue así, alguien a última hora se apiadaría de mí porque sólo me cayeron algunas guardias y retenes extras.

   (Continuará)




                                                

martes, 10 de mayo de 2016

AQUEL AÑO EN MADRID (Abril 1975-Marzo 1976) ( I )

      


                      -I-
          Abril-Junio 1975

Recuerdo que fue un día gris y frío de enero cuando me incorporé al ejército para comenzar el servicio militar obligatorio. Los tres primeros meses, en mi ciudad, en un campamento de instrucción de reclutas. El resto, según sorteo.
Mi mundo hasta entonces se había desenvuelto entre libros de texto mientras lo iba llenando de sueños de futuro. Mi mayor deseo, terminar magisterio. Una vez conseguido, quedaba aprobar oposiciones al cuerpo de maestros, el último escalón.

Con este pasado tan plano llegué al campamento militar. Allí me raparon el pelo al cero, me vistieron de soldado, me entregaron un fusil y me hicieron desfilar horas y horas junto a otros como yo sin alcanzar nunca a comprender muy bien el objeto de tanto desfile y tanto esfuerzo. Lo único agradable en esos tres meses de instrucción fueron los permisos del fin de semana para ir a dormir a casa. Y digo bien, a dormir, porque los dos días del fin de semana me los pasaba de bar en bar con los colegas por mi ciudad, tratando de olvidar en lo posible mi nueva vida.

Llegó marzo y nos llamaron para hacernos preguntas, entre ellas cual era nuestra profesión si es que teníamos alguna o para qué estábamos capacitados si es lo que estábamos para algo. Alguien me aconsejó mentir al respecto (no pedían ningún tipo de documentación), que no dijera que era maestro, que me inventara cualquier otra profesión. Pero a la hora de la verdad, no me atreví a mentir. Ello supuso que me destinaran para el resto de la mili a Madrid. A los maestros que mintieron no solo no les ocurrió nada por ello, sino que la mayoría se quedaron a terminar la mili en la propia ciudad o como mucho en la provincia. Por entonces, este hecho me fastidió enormemente pero con el tiempo y ya a toro pasado, hasta agradecí el haber sido destinado a la capital del reino ya que de otra forma no hubiera vivido tanto tiempo seguido en ella.

Me destinaron a la Brigada Acorazada Brunete, en Leganés. Allí necesitaban maestros para impartir clases de alfabetización a los soldados que no sabían leer, que por esa época aún eran muchos. Llegué al cuartel el dos de abril de 1975. Era un edificio enorme de paredes sólidas y sobrias con capacidad para al menos ocho compañías de soldados, pero yo no conocía a nadie. Las primeras guardias nocturnas como soldado raso me las pasaba recitando poemas, mis primeros poemas escritos en la adolescencia. Era todo muy surrealista, la poesía y la milicia poco tienen en común, pero a mí me servía para hacer más corto el tiempo de guardia bajo las estrellas como únicas compañeras.

Mi primera salida a Madrid tuvo lugar cuando ya llevaba tres semanas en el cuartel.. Autobús hasta Carabanchel y allí cogía el metro que me llevaba al centro. El metro de Madrid olía a libertad (también a humedad, pero eso era lo de menos). Me sonaba en su traqueteo como aquellos antiguos trenes de carbonilla que te llevaban a ver lugares lejanos y desconocidos. Cada nueva estación era un mundo nuevo para mí aunque todas se parecían. La gente caminaba por los andenes siempre con prisas y yo me preguntaba por qué si era fin de semana y no tenían que ir a trabajar. Oporto, Vista Alegre, Urgel, Marqués de Vadillo, Acacias-Embajadores, Lavapiés y, por fin, Sol, el corazón de la ciudad. Nombres que se quedaron grabados en mi memoria de soldado novato y altamente asombrado por la grandeza de la capital.

Con las mismas ansias de un amante enamorado por poseer el cuerpo de su amada asomaba yo saliendo del metro a la plaza más famosa de España, la Plaza del Sol. Me paraba en el centro mismo y girando sobre mis talones observaba los edificios con con expectación casi espiritual. Luego me ponía a caminar sin rumbo por las calles aledañas dispuesto a no perderme detalle de tanta grandeza. En el cine Callao se estrenaba “El exorcista” que permaneció en cartel toda aquella primavera y todo el verano. Un domingo me animé y entré a verla. Y sí, me pareció terrorífica, pero no tanto como lo que me esperaba a lo largo de la semana dentro del cuartel, eso sí era espeluznante .

Un domingo por la tarde, en un bar de Leganés, me encontré con tres chicas que conocía porque eran del pueblo donde crecí. Nos saludamos y quedamos para el día siguiente, domingo. Me busqué un par de colegas y allá que nos fuimos tan animados a la cita. Nos encontramos a la hora prevista en una pequeña tasca al lado del simbólico edificio sede de la DGS (Dirección General de Seguridad), en Plena Plaza del Sol. Pasamos una tarde entretenida con ellas en un sitio de la Calle Mayor donde había baile. Pero me temo que ellas se aburrieron como ostras, al parecer me llevé a lo más soso del cuartel. No obstante quedé con Martina, la que más conocía de las tres, para el siguiente domingo en el mismo sitio. Pero no pude acudir a la cita, me tocó guardia ese domingo y mis planes amorosos se fueron a pique. A Martina no volví a verla, me quedé con ganas de disculparme y de algo más…Sobre todo cada vez que uno de mis colegas y compañero me contaba cada lunes sus aventuras amorosas con una paisana suya que, al igual que yo, se encontró por casualidad en Madrid. Tuvo más suerte que yo, sin duda…

(Continuará)